lunes, 8 de septiembre de 2008

Educación en la era de las NTICs

Internet se presenta a sí mismo como un medio de transporte que distribuye información a pedido. Por eso, al consumir información o productos por Internet, y como en toda compra por teléfono o vía mail, siempre entra un rasgo de desconfianza. ¿Funcionarán las máquinas de Sprayette? ¿Será bueno el restaurante donde se ha encargado la cena? ¿Será confiable la fuente de este dato publicado en el ciberespacio? La Web no escapa a la incertidumbre, no todo lo publicado en ella da lo mismo.
Para recibir el delivery informativo se necesita un puerto donde las naves puedan estacionarse y vaciar su contenido. ¿Alcanza sólo con hacer el “pedido” y esperar a que la información llegue para poder apropiarse de ella? ¿En qué medida necesitamos de los otros para apropiarnos del saber? ¿Qué nuevas habilidades se necesitan, si es que nuevas habilidades son necesarias, para acomodarse a las NTICs?
Voy de a poco con estas preguntas. Es sabido que la compañía de otros para aprender lo esencial para la vida es necesaria –un bebé moriría si fuera dejado solo en sus primeros momentos de vida-. Pero ¿lo es para seguir aprendiendo cosas no-esenciales[1]? Si nos situamos desde la mirada de Tedesco no lo pondríamos en duda; “aprender a aprender implica un esfuerzo de reflexión sobre las propias experiencias de aprendizaje que no pueden desarrollarse sin un guía, sin un modelo, sin un acompañante cognitivo”[2]. Desde esta perspectiva, aunque seamos capaces de buscar y encontrar información en la red sólo nos apropiamos de ella si hemos aprendido a aprender y para ello habremos necesitado, en primera instancia, a otro que nos ayude a hacerlo.
Pero me atrevo a ir un poco más allá de esta idea. La presencia del otro nos deja algo más que un “saber aprender” para después aplicarlo a la rapidez de la liquidez cambiante. Nos da la humanidad que nos hace ser personas más allá de las transformaciones de época. Nos transmite, en el contacto día a día y como “subproducto”, valores que la tecnología no podría transferirnos. Nos atrae y nos seduce más allá de lo explicable. En fin, la presencia de otros nos da algo que los aparatos y redes no pueden darnos: impulso.
De este modo, el contacto con los demás hombres nos empuja a movilizarnos para querer ser y saber más (indispensable para la apropiación de la información circulante).

Entonces… ¿cuál es el papel de la educación ante este indiscutible avance tecnológico? ¿Qué es lo que deberían brindar los educadores para construir puertos capaces de recibir y comprender la información fluida?
Las propuestas son variadas y se ponen en puntos extremos: desde construir aulas virtuales a las que se pueda acceder sin moverse de una casa, hasta desenchufarse y apartarse totalmente de la tecnología.
En ellas puede ya leerse la doble naturaleza de la Educación como tarea: su ímpetu y confianza en el progreso y el cambio como evolución positiva, y su característica conservadora, nacida del deseo de que lo bueno que, como humanidad hemos conseguido, sea repartido a la mayor cantidad de gente posible. Y en esta dualidad está lo difícil. Aunque “tomar el presente como único modelo equivaldría a cortar de raíz la transmisión, y por lo tanto la innovación”[3], tomar sólo el pasado como referencia equivaldría también a traicionar la idea de superación.
Pienso que, al fin y al cabo, las herramientas necesarias para armar los puertos digitales, nacen de la combinación de pasado-presente.
Bruner afirma “estamos subidos a los hombros de los gigantes que nos precedieron”, creo que verdaderamente es así. Pero si no nos permitimos insertar la Web como parte de la educación quizá estemos sólo agarrados de la cintura de esos gigantes porque, en la fluidez de la vida líquida, la tecnología actual e Internet pronto se habrá convertido en pasado, superada por nuevos inventos.
El desafío, entonces, es introducirse en un cambio, ese lugar entre el miedo y la esperanza. Como muchos sostienen, para sobrevivir hay que transformarse, cambiar, adaptarse, porque el cambio es el mejor garante de la perdurabilidad
Las tecnologías de la información marcan ya las formas de transmisión y seguirán, sin duda alguna protagonizando las de los próximos años. Su alcance, su imponencia, no nos permite saber que uso les será dado, nos sobrepasan. Ante esto nos debatimos entre el miedo y la esperanza. Tememos un impacto que corrompa lo humano que hay en cada uno. Y al mismo tiempo creemos en la ampliación de lo posible como una oportunidad para el enriquecimiento y engrandecimiento de la especie, y soñamos con la formación de una gran comunidad que construya conectada a través de la red.
Pero, para adaptarnos a nuestras propias invenciones, ni el uno ni la otra alcanzan. El miedo no nos sirve en estado puro, nos viene mejor la cautela, la “calma antes de”. La esperanza en sí misma tampoco, es necesaria pero no suficiente.
La ampliación del campo de lo posible nos plantea, como todo cambio, un desafío que, más tarde o más temprano, hemos de tomar porque lo nuevo, en materia tecnológica, llegó aquí no sólo para quedarse sino para transformar, transformarse y seguir innovando. Como afirma Debray, el avance técnico es un lugar de no-retorno[4]. Y, me atrevo a agregar, es un lugar al que, si se lo quiere aprovechar, vale la pena llegar rápido.
El desafío es, a mi entender, el de permanecer atentos y renovar las herramientas, el de acompañar las transformaciones y animarnos a cambiar en lo que haga falta y a conservar aquello que nos es necesario y enriquecedor de la transmisión tradicional.
Ante esta “época de cambios” o “cambio de épocas”[5] apuesto al dinamismo porque creo que, como afirma Duschatsky: “el enemigo de la educación es la idea de lo definitivo, de la determinación, de la impotencia, de la irreversibilidad”[6] .

La pregunta ahora es: ¿es posible transmitir a espaldas de la era digital? ¿Por cuánto tiempo?

María Dolores Pasolini

[1] Me refiero al aprendizaje de extras que no hacen a la supervivencia física, las llamo no-esenciales a falta de una palabra mejor, porque, con el correr de los tiempos no sabemos bien que es lo necesario y esencial y afirmamos cada vez más seguido “no puedo vivir sin mi computadora./TV/etc..”
[2] Tedesco, Juan Carlos. “ Educación y Hegemonía en el nuevo capitalismo: algunas notas e hipótesis de trabajo” En: Propuesta educativa nº 26. Página 60.
[3] Debray. Op cit. Pág 34
[4] Debray. Op cit. Pág. 77
[5] Roncagliolo, Rafael. “¿Se construye ciudadanía en la sociedad de la información?” En Giusti, M.; Merino, M. I. (editores) “Ciudadanos en la sociedad de la información” Instituto de estudios europeos.
Pág. 79
[6] Duschatsky, Silvia y Corea, Cristina. “Chicos en banda. Los caminos de la subjetividad en el declive de las instituciones” Buenos Aires: Piados, 2001. Pág. 14.

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